Relato de Carlota y Leo

Hoy os traigo este precioso relato de parto en casa. ¡Que lo disfruteis!

Por fin cayó el tapón y tuve mis primeras contracciones suaves. Ya habían pasado 10 días de la fecha prevista, así que me emocioné pensando que seguramente conocería a mi hijo en unas horas. Me relajé con un baño caliente y nos fuimos a dormir. La noche fue larga con contracciones cada 15-20 minutos, pero al amanecer se detuvieron. No volví a sentirlas hasta la noche siguiente, esta vez se aceleraron y cuando se repetían cada 5 minutos llamamos a la comadrona. Llegó un par de horas más tarde, y sólo con verme la cara supo que todavía no era nuestro momento. No había dilatado, pero las contracciones siguieron rítmicamente durante toda la noche. Ya fueron más intensas,  me concentraba en el poema de Leboyer, en el que las compara con las olas del mar, para que el dolor fluyera como el agua. De nuevo, el amanecer las detuvo. Llamamos al hospital para informarles de que no iríamos a nuestra cita de inducción de parto, prevista para esa misma mañana, y a comunicar nuestra intención de recibir a Leo en casa. Después de dos noches sin dormir, estaba agotada y, sobretodo, asustada. ¿Por qué se detenía la dilatación? Mi pareja me ayudaba con algunos ejercicios de relajación, pero volvimos a pasar otra noche parecida. Reconozco que esta vez sin la ilusión de que realmente el parto se iba a desencadenar de forma inminente. Amaneció, y esta vez las contracciones no se detuvieron. No eran muy intensas, y me seguían dando espacios de más de 15 minutos, pero el sol no se las llevó del todo y eso nos dio esperanzas. A media tarde ya se sucedían cada 5 minutos, y hacia las 8 noté el cambio. Eran más frecuentes y un poco más intensas. Le dije a mi pareja que descansara un rato, que me parecía que esta vez iba en serio, y pasé dos horas sentada en la cama, concentrada en que las contracciones fluyeran y alentándolas a que hicieran su trabajo. Llamamos a la comadrona y cuando llegó estaba dilatada de 2 cms. Me decepcionó que fuera tan poquito, pero a la vez me animé de que, esta vez sí, Leo estuviera al llegar.
Cuando las contracciones se intensificaron preferí salir de la cama para estar en un rinconcito de la habitación con un colchón en el suelo. Las pasé a oscuras, en silencio, con las visitas respetuosas de nuestra comadrona y la mirada atenta de mi compañero, que venia periódicamente a atenderme. Después de cada contracción, bebía agua acompañada de unas bolitas homeopáticas que desconozco si tuvieron o no algún efecto, pero que consiguieron que me hidratase sin parar. Me había preparado concienzudamente, tenía la pelota suiza, había practicado las posturas, los movimientos de pelvis… pero no utilicé nada de todo eso. Quería estar sola, con quietud, concentrada en mi trabajo, que lo viví con tranquilidad, confianza y mucha paz. Cada hora conseguía un centímetro más, pero hacia las tres de la mañana, cuando ya estaba de 7-8 centímetros, las contracciones volvieron a espaciarse y el proceso se detuvo. Tanto la comadrona como mi pareja pensaron por un momento que no podríamos cumplir nuestro sueño del parto en casa. Me acordé de mi niña interior y de sus miedos de ser madre, y le dije que se fuera. Aunque no lo recuerdo muy bien, creo que fui un poco violenta con ella. Intenté movilizar la pelvis entre contracción y contracción. Al rato, noté ganas de empujar. No lo entendía,¿no se había parado la dilatación? ¿No tenía que sentir contracciones muy dolorosas e insoportables? Hasta ese momento todo había sido tan pacífico… Se lo expliqué a mi comadrona y me tactó para ver cómo estaba Leo. Algo le dificultaba la bajada, y yo no estaba dilatada del todo, por lo que me recomendó que esperase un poco. Era incapaz de no empujar, y el latido de Leo seguía perfectamente, así que la comadrona aceptó que intentase los pujos. Cambié de posición, me puse de cuclillas mientras mi compañero me sostenía la espalda y los brazos. Con cada contracción sentía la presión de mi útero y los deseos de empujar. Pasé así mucho rato, cuando noté que se me acababan las fuerzas, la comadrona me puso un espejito para que viese la cabecita de Leo. No me lo podía creer, allí estaba, tan cerca que podía acariciar su pelo. Eso me dio una fuerza increíble para continuar, a dirigir los pujos directos hacia la salida, recordando que toda yo era un canal de vida. A las 7:30 de la mañana nació. Primero consiguió sacar el brazo y parte de la cabeza, y en el siguiente pujo salió todo enterito. Llevaba una vuelta de cordón, que nuestra comadrona deshizo sin dificultades. Aunque parezca mentira, no noté la salida del bebé, yo sólo empujaba y empujaba, y no recuerdo haber sentido dolor, ni el aro de fuego, sólo esfuerzo, un esfuerzo inmenso. Y al abrir los ojos, allí estaba Leo, precioso, limpísimo, tranquilo, con los ojos abiertos, me miró, miró a su padre, miró a la comadrona e intentó respirar. No tardó nada en agarrarse a mi pecho, mientras yo le miraba, y no he dejado de mirarle desde ese día, sin todavía poder entender cómo este niño al que ya quiero tanto haya salido de mí.

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