Testimonios

Corre la voz
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Soy Susana, una mujer de 58 años, con un problema que comparto con muchas otras mujeres, debilitamiento del suelo pélvico con prolapso de la vejiga visible. Tengo dos hijos y en los dos partos me practicaron la episiotomía. Hace tres años aproximadamente me di cuenta que por la vagina asomaba, de vez en cuando, una bola que muchas veces me tenía que meter yo hacia dentro. Esta situación, a parte del susto inicial ya que pensé que podría ser un prolapso de útero, me resultaba incómoda, sobre todo si estaba muchas horas de pie o andando y, por supuesto preocupante e inquietante. Después de un año de espera en la Seguridad Social me vio un ginecólogo especialista en suelo pélvico, que me diagnosticó prolapso de vejiga avanzado e inicio de prolapso de útero y recto. Me dio una tabla con los famosos ejercicios de Kegel y también me dijo que me pusiera todos los días unas bolas chinas para fortalecer el suelo pélvico, y que me vería dentro de seis meses para ver como estaba. De todas formas, me dio a entender que la única solución era la operación. A los seis meses seguía igual y me propuso que me operara. La operación consistía en ponerme una malla que sujetara la vejiga y quitarme el útero y ovarios, ya que – según palabras textuales de él – estos órganos ya no me sirven para nada y que, incluso, lo único que me pueden traer son problemas futuros por posibles tumores (nunca he tenido quistes, ni tumores). Eso sí, me avisaba de la probabilidad alta, después de ser operada, de sufrir de incontinencia urinaria, que tendría que aprender a convivir con ella. Al final, sintiéndome en esa posición que nos colocan los médicos, en la que ellos son los que tienen todo el conocimiento y, tu eres un mero paciente (agente pasivo) que no sabe nada, sin ver otra opción que lo tomas o lo dejas, decidí que me operaría. Pero, la verdad es que me desagradó bastante la frase de que mi útero y mis ovarios ya no servían para nada, y no me hacía ninguna gracia que me los quitaran estando sanos, y porque son míos. Una vez más, me sonó a ese concepto que tienen la mayoría de los médicos de que el cuerpo humano es como una máquina, que cuando se estropea una pieza hay que reemplazarla o tirarla sin más. Pero yo no me siento como una máquina, soy una persona y, cada parte de mi cuerpo está integrada en una totalidad que es mi ser, que también puede sentir, pensar, sufrir o reír. A quince días de la operación, cada vez menos convencida de operarme pero atrapada por el sistema, una amiga me comentó que por qué no probaba tratarme con Ana, una fisio de suelo pélvico que ella conocía y aplazaba de momento la operación, y así lo hice. Ana me dio enseguida una cita para hacer una valoración de mi situación. En esta primera cita mi hizo una exploración y me explicó muy detalladamente que mi prolapso de vejiga no se podía corregir con los ejercicios, porque los ligamentos que la sujetan estaban ya muy distendidos, pero que, aún así, me operara o no, era necesario fortalecer los músculos del suelo pélvico para evitar la caída de útero y recto. Además me explicó qué hábitos posturales y ejercicios deben evitarse para no seguir perjudicando a estos músculos. Llevo un año disfrutando de la compañía de Ana y sólo puedo expresar cosas positivas de ella como persona y como fisio y del método que utiliza. La diferencia está clara, he pasado de ser paciente, alguien pasiva sometida al conocimiento totalitario, a tener un papel activo en mi proceso de rehabilitación, con una persona que no sólo me enseña, sino que me acompaña en este proceso. Si, digo que me acompaña porque hay una interactuación entre las dos, yo soy una parte activa en mi rehabilitación. Ella escucha, te observa y te va conociendo cada vez mejor, adaptándote los ejercicios a tu personalidad y todo ello con gran cariño y dulzura. Además, te ayuda a conocer tu cuerpo cada vez mejor, a despertarte, a tener conciencia de los errores cometidos durante tu historia que te han llevado a esta situación y a corregirlos, pero siempre recordándote amablemente, que es fundamental que te trates a ti misma con cariño. Este conocimiento cada vez más profundo de mí, no se queda sólo para el momento de la clase, cuando hacemos los ejercicios, sino, que además, me está ayudando a tomar conciencia en mi vida diaria a adquirir posturas más sanas que no me perjudiquen, y voy más lejos, estos cambios en mi cuerpo se están viendo acompañados de cambios en mi mente más saludables, de mayor seguridad en mi. Después de un año de tratamiento considero que estoy mejor, incluso el prolapso de vejiga, que en principio no tiene solución, ha mejorado, y aunque está ahí, me molesta de forma más espaciada. Creo que con Ana estoy en un proceso de crecimiento y evolución personal, tanto a nivel corporal como mental. Gracias Ana por acompañarme.
Susana, 58 años
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