Relato de Adriana

Una vez escuché a Michel Odent decir que el parto no tiene adjetivos, «parto es parto».
Sea donde sea, venga de donde venga, una mamífera necesita intimidad y seguridad para parir.
En este espacio me gustaría compartir las experiencias de diferentes mujeres y sus partos.
Mujeres que viven en continentes diferentes, cada una con su propia biografía pero que, al fin y al cabo, son todas mamíferas y ahora madres.
Los textos nos enseñan sus partos, sus pensamientos en aquél entonces, deseos, miedos y creencias.
Que estos relatos se puedan leer con el corazón abierto y entendimiento, respetando el deseo de cada una.
Parto es parto pero hay distintas formas de acompañar ese proceso. Busca y conoce el equipo que más se acerque a tus deseos y necesidades para que tu parto sea respetado como todo ser humano merece.
¡El primer relato en español es el de Adriana y Amalia!
Mi parto después de cesárea

Me puse de parto una madrugada de sábado de Luna nueva. Era tarde, había tomado aceite de ricino para tratar de que se iniciara el parto por miedo, o mejor dicho, terror, de llegar al lunes y que me propusieran de nuevo una inducción o una cesárea.
Las contracciones comenzaron, suaves pero salvajes desde el inicio. Pensé que podía ser preparto, pero algo en mí decía que no, que era mejor que descansase. Me fui a la cama, traté de dormir pero no podía. Las contracciones cada vez eran más fuertes.
En una contracción no soporté el dolor y me levanté de golpe. Noté algo líquido, dije, ¡¡ostras!! Mi chico me preguntó qué pasaba y le dije que esperase para asegurarme.
Al levantarme un líquido caliente comenzó a fluir entre mis piernas, empecé a reír y le dije: “¡¡cariño, melocotón!!!”. Durante el embarazo habíamos visto una peli de dibujos, ace ige, en la que melocotón es la palabra clave para indicar que la mamut está de parto.
Mi chico se llevó a mi hijo a casa de mi madre, mientras me despedía me puse a llorar y al cerrar la puerta pensé que esa era la última vez que hablaba de nosotros tres, ahora seríamos nosotros cuatro. Lloré bastante y la cosa se paró un poco pero no duró mucho esa pausa, lo justo para relajarme, tomar aliento y contar a la gente que necesitaba mentalmente en ese momento lo que estaba sucediendo.
Cuando volvieron, me puse a cuatro patas sobre la pelota de dilatación y creo que también hice ejercicios de rotación de caderas. Hubo risas, me hice fotos, qué felicidad, estaba de parto. Me había puesto de parto yo solita, sin drogas.
Cuando no pude más me fui al hospital, empezaba a amanecer. Tenía pensado ir a un hospital que estaba lejos, pero de camino decidí que no quería ir hasta allí porque necesitaba tener a mi hijo cerca. Así que fui al hospital donde 18 meses antes había ingresado para inducir en la semana 39, donde me había sentido maltratada completamente… pero esta vez, estaba informada y esa era mi armadura.
Llegué, bailaba con las contracciones y reía cuando cesaban. Qué sensación, sabía lo que era estar de parto.
Me pasaron y comenté que tenía contracciones pero que no sabía indicar la frecuencia, no lo había ni mirado, y que venía con la bolsa rota. Me hacen un tacto, tengo 1 centímetro de dilatación, la niña no estaba encajada, el cuello estaba en posterior… con esa exploración, lo mejor era no ir ni a paritorio, así que me fui a una habitación tranquilamente.
Recuerdo ese tiempo a cuatro patas mordiendo la cama, que ilusa si aún “casi” ni dolía… por lo menos comparado con lo siguiente. Me hicieron un monitor y otro tacto, estaba de 3 cm y las contracciones eran rítmicas, me dejaron elegir si me quería ir a paritorio o quedarme en la habitación y volví a la habitación porque había ducha y me calmaba mucho.
Poco a poco se fue parando, así que usé ese tiempo para caminar. Cundió un poco el pánico al pensar que se había acabado. En ese momento me dijeron que lo mejor era ir ya a paritorio, por las horas que llevaba con bolsa rota que ya eran más de 12. Allí fui, pensando que se terminaba todo.
Al llegar me pusieron monitor y no había nada. Mi chico me susurró que no me preocupase, que se había parado porque como buena mamífera mi niña estaba esperando a que bajase el Sol. Pensé que era estúpido y no sé por qué, ahora al recordarlo me emociono.
Efectivamente así pasó, no hizo falta que se hiciera de noche, sólo que no fuera tan de día. Empezaron de manera salvaje, otra vez a cuatro patas y aquí empieza a patinarme la memoria, aunque es cierto que día a día recuerdo más detalles.
Al principio las soportaba a cuatro patas, después ya no pude con eso. Me puse de rodillas al borde de la cama, tirándome para atrás en cada contracción sobre Juan.
No quería que hablase, no puse mi música ni hablé con mi hija en voz alta. Necesitaba silencio.
Mi chico me decía que tenía cara de planeta parto, que yo podí,a que todas podíamos. Yo le decía entre sollozos que yo no podía, que no podía más, que estaba agotada.
Le decía que quería otro tacto, que necesitaba saber como estaba. El me decía que no, que me dejase llevar y ya está. Ahora recuerdo sus palabras con un cariño alucinante. En ese momento, le odié cada vez que decía algo de eso. Sentí ganas de donarle mi útero y que sintiese él lo que era, y después si tenía narices, me dijese que yo podía…
Grité que quería anestesia, él me lo alargaba. Jamás lo hubiese pensado, pero mi novio fue la mejor doula que podía haber tenido al lado. Le quiero más desde ese día, ya no es sólo mi amor, mi amante, el padre de mis hijos y el hombre de mi vida. Hoy, es también la persona que me apoyó en mis locuras y me animó a traer al mundo a mis hijos. Yo parí fisicamente, él sufrió de impotencia al verme gemir y no tener remedio alguno más que sus palabras, que me ayudaban poco. Parimos los dos.
Hubo un cambio de turno a las 9 de la noche del día 13, era mi matrona, la única persona de la que tengo un buen recuerdo de mi primer parto. Era ella y se lo dije, le conté el parto y me dijo algo que no recuerdo, pero me daba a entender que esta vez sería diferente. Era sincero, se lo noté en los ojos y confié.
Me hizo un tacto, 5 cm, y llevaba casi 24 horas de parto. Pero el cuello estaba muy blandito, la niña aún alta y encima en posterior y de cara, de ahí el dolor tan intenso que tenía en el culo y la necesidad absoluta de estar a cuatro patas. Al salir oí que decía: “esto pinta bien”. ¡¡SII!!
Me dio una pelota de dilatación y me tumbé sobre ella, me dormía entre contracciones y me caía para los lados así, que mi chico me agarraba para que pudiera “descansar”.
Estuve poco así, pronto sentí la necesidad de ponerme de lado y levantar la pierna en cada contracción. Poco a poco sentía que el dolor de culo pasaba más arriba.
Ahora sé que esa postura abre la cadera y ayuda a que el bebé se coloque bien, pero en ese momento, me lo pedía mi cuerpo.
En algún momento del parto vomité, creo que 2 ó 3 veces. Así que no sentí hambre en ningún momento. No sé si bebí, eso no lo recuerdo.
La niña, llevaba 2 o 3 horas con taquicardia. Había que descartar un sufrimiento fetal y me hicieron una prueba de gases. Vino la ginecóloga y la matrona y le pedieron a mi chico que saliera, a él estas cosas le impresionan mucho y yo no protesté.
Pensé: “éste es el momento, ahora me dicen que cesárea porque no dilato. Llevo más de 24 h de parto, hace 2 horas estaba solo de 5 cm y además la niña empieza a protestar…”
Me hace un tacto primero, me dice que estoy de 9-10, que hay un reborde pero que estoy casi en completa!! Que la niña ya no está en posterior pero que está muy alta.
Le pregunto si así podría ser un forceps o algo, me dice que no, que para parto instrumental tiene que estar en un segundo plano por lo menos y la mía está en un tercero.
Se me saltan las lágrimas y empiezo a decir de manera compulsiva: por lo menos sé lo que es llegar hasta aquí, sé lo que es casi parir.
En ese momento entra una auxiliar, dice un número y ella me dice: “Adriana, están perfectos. Podemos esperar más”. Aún lloro al recordarlo.
Esperemos. No me encuentro bien de pie, ni tumbada sólo de lado o sentada.
Mi cama es articulada, me la ponen tipo silla y me ponen una barra para que haga fuerza o lo que sienta que debo hacer.
Al sentarme siento una presión. La matrona se va. Le digo a Juan que tengo ganas de empujar que por favor avise.
Va a por la matrona que aún no estaba ni en el control y le dice que no empuje porque aún me queda un reborde y me puedo desgarrar.
Juan entra y me lo dice. Juan… ¿cómo no voy a empujar si mi cuerpo empuja solo? Vuelve y se lo dice a la matrona que vino un poco desganada.
Creo que pensó que era una paranoia mía. Al llegar ella me tumbo. Me mira y me pregunta: “¿Estás a gusto boca arriba?” Acabo ese empujón y cansada le respondo que sí. Me pregunta que si estoy segura, porque el reborde que me habían dicho antes ya no estaba y se le veía el pelito.
Empujo otra vez, al terminar, me vuelve a preguntar y le digo que no. Me puse de lado y en cada pujo agarraba mi muslo y tiraba de él para arriba con fuerza.
Sentía que me hacía caca, lo pasé fatal. Le dije que iba al baño y me dijo que no, ¡que me cagase! Que no pasaba nada.
Empujé con fuerza pensando que me hacía caca y no pasó, le pregunto a mi novio si quería ver el pelito y él se asomó.
Me pusé eufórica, PUEDO TOCAR!!? Me dijo que sí, me metí los dedos y la noté. Grité: “¡¡Que blandita!!”
Me preguntó si quería un espejo: ¡SIII!. Me pusieron un espejo gigante y ahí estaba. Saliendo de mí, partiéndome, y yo ya no sentía dolor. Sentía gozo y emoción.
Se me quitó la sensación de hacer caca y empezó la presión y los pinchazos. A los segundos empecé a decir, “¡¡el aro de fuego!!” Mi novio me agarró la mano, creo que pensó que lo decía porque dolía… nada que ver, ¡era el aro! Cuantas veces soñé con cómo sería y ahora estaba ahí en mi vagina, sintiéndolo porque estaba ayudando a nacer a mi hija.
Miré de nuevo al espejo y había un hilillo de sangre, me había desgarrado un poco pero yo solita. En esa habitación no había tijeras, ni paños estériles ni nada. Estaba pariendo en un entorno seguro y cálido. Con pocos espectadores y todos emocionados.
Un último empujón y ahí estaba la cabeza fuera. Le quitaron su vuelta de cordón y con una contracción sin yo hacer nada salió el cuerpo como un pececillo suave, húmedo y resbaladizo.
Me la pusieron encima, ambas desnudas. ¡No llora! Lo grite asustadísima. Mi matrona rió y me preguntó que para qué quería que llorase.
Ahí reaccioné, no sabía si llorar o reír así que hice las dos cosas. Mientras decía entre sollozos y risas: “La he parido yo, la he parido yo”.
La enfermera preguntó que si alguien había mirado la hora y es que estábamos todos tan emocionados que se nos había olvidado. En ese momento eran las 8:01 h, así que supusimos que había nacido un minuto antes.
Cómo olía, cómo me miraba. Quería gritar por la ventana que había parido, que podíamos.
Me dieron sólo un punto y pronto salió la placenta.
Me siento poderosa. Me siento más femenina, siento que puedo lograrlo todo… Es curioso, pero ahora veo mi innecesárea como algo mágico que me hizo aprender, como un camino hacia una meta que ha sido ésta y de la que no cambiaría ni un punto. Tal vez de haber tenido un parto mediocre, no habría luchado por esto.
Así que Gonzalo, gracias por hacerme madre, enseñarme tantas cosas y guiarme hacia el parto de tu hermana.
Y Amalia, gracias por hacerlo tan bien y curar mis heridas.
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